spacer.png, 0 kB
Los frutos del tambor.
Biblioteca

Este alimento para el cuerpo, la mente y el espíritu, cobra sentido cuando comprendemos que el tambor es un instrumento que ha gozado de un carácter sagrado desde la oscura noche de los tiempos. Así que habrá que seguir reflexionando sobre la oportunidad que nos ofrece de vincularnos a nuestra esencia, origen, tierra, lugar de nacimiento, pues al fin y la cabo éste es su sentido más profundo para una interminable relación de culturas de todo el planeta. Aseguran los guardianes de conocimiento, los  chamanes con los que he hablado en distintos lugares del mundo, que el latido del tambor es el latido del corazón, y que nos conecta con la Madre Tierra. El Rabal, nuestro centro telúrico de conexión con esta tradición, también es un enclave tan mágico como cualquier otro de la Tierra, para enraizarnos, para sentirnos uno con la naturaleza.

 

 

También afirman que crea un puente de comunicación entre este mundo y el otro, el de los ancestros, el de los espíritus, el de las distintas dimensiones, y a poco que lo intentemos nos damos cuenta de que tocar el tambor suscita la emoción del recuerdo, la nostalgia de los tiempos pasados, el recuerdo de aquellos que nos abandonaron, pero que nos dejaron el mejor de los regalos, esta ofrenda sustanciosa, este legado de la herencia, de la costumbre, de un simbólico racataplán que nos abre las puertas del cielo.

 

Igualmente se argumenta desde la tradición oral de una infinidad de pueblos, desde sus ceremonias más complejas o sus ritos más sencillos y sentidos, que el tambor es un elemento sagrado y mágico capaz de conjurar para evitar las fuerzas adversas, alejar los malos espíritus, las energías desfavorables, todo aquello que es negativo para una persona o comunidad.

 

Aprendamos, pues, que aunque sólo fuera por su valor simbólico, el tambor es un canto a la alegría, una exclamación a la luz para que nos envuelva con sus más poderosas alas y nos preserve de todo aquello que no forma parte de nuestra evolución positiva, individual o colectivamente.

 

Su círculo sonoro, su parche vibrante, el cariño que parece que nos tiene, sume al tambor en una aureola de magia y leyenda, que es sin embargo la realidad de cada año. Ese candor nos mueve a sacarlo del cuarto trastero, de la vieja cámara, de la polvorienta buhardilla, para hacerlo sonar junto a nuestro vientre, sintiéndonos tan cerca de la magia de la propia vida.

 

Quizás baste para que se obre este pequeño milagro el que sencillamente escuchemos el verdadero lenguaje de la armonía, de la fraternidad entre todos los hombres, de la necesidad de vivir alegremente la fiesta, sintiéndonos todos parte de los demás. Eso hace falta siempre, pero más todavía ahora que otros tambores, los de la guerra, no dejan de sonar por toda la faz de la Tierra con su terrible sonido, que sólo es el de los seres humanos que no saben tocarlos.

 

Pues el tambor, como instrumento que es, redobla al compás del espíritu que se acerca a él para expresarse a través de cada ser humano.